Pequeño ensayo sobre la teoría de la performance

 A propósito de la teoría de la performance y la  construcción de verdad


0. Advertencia conceptual: la violencia de la palabra “cuerpo”


Quizás antes de proceder, es necesaria una advertencia conceptual. Cuando

en este texto, y en el discurso que critico, hablamos de “el cuerpo”, estamos

ejerciendo una violencia necesaria y problemática.


“Cuerpo” es un significante que aplana una realidad abrumadoramente

múltiple: el cuerpo danzante y el cuerpo enfermo, el cuerpo normativo y el

cuerpo disidente, el cuerpo racializado, el cuerpo generizado, el cuerpo

envejecido, el cuerpo gozante, el cuerpo dolorido. Es una abstracción que, al

permitirnos hablar, traiciona la singularidad de aquello de lo que habla.


La teoría de la performance que voy a analizar no es una excepción: habla de

“el cuerpo” como objeto de disciplina o de liberación, pero a menudo lo hace

desde una abstracción no reconocida como tal. Al reducir la multiplicidad

corpórea a un único término conceptual, realiza el primer gesto de dominio

que luego denuncia en los regímenes coreográficos. La paradoja se

profundiza: su crítica al disciplinamiento se funda en un disciplinamiento

categorial previo: la reducción de lo múltiple a lo uno, de lo singular a lo

general. Así, incluso antes de juzgar prácticas, su marco conceptual ya ha

realizado una exclusión por vía de abstracción.


Mi propio discurso, por supuesto, no escapa a esta trampa. Cuando digo

“cuerpo” desde mi experiencia de “danzante viejo”, también estoy aplanando.

La única diferencia, y en ella radica mi apuesta ética, es que asumo este

aplanamiento no como un dato neutro, sino como un problema activo de la

escritura. Escribo desde un cuerpo específico (el mío, con su historia) para

hablar de los cuerpos, sabiendo que el salto es una traición necesaria, un

malentendido productivo. La teoría que critico, en cambio, suele escribir

desde ningún cuerpo en particular para hablar del “Cuerpo”, ocultando así la

violencia de su propia abstracción bajo el manto de la objetividad teórica.


I. La paradoja performativa: una crítica que reproduce su objeto


La teoría contemporánea de la performance está atravesada por una paradoja

estructural. Al criticar el disciplinamiento del cuerpo en la danza

contemporánea y señalar el lastre de credibilidad que afecta a su

reivindicación emancipatoria, debido al carácter coercitivo implicado en toda

noción de disciplina, dicha crítica se formula, sin embargo, desde un régimen

de alta disciplinación metodológica y lingüística.Esto plantea un problema de coherencia interna: si el diagnóstico sobre la

coerción inherente a todo método disciplinario es correcto, entonces ese

mismo análisis puede, y debe, aplicarse a los presupuestos analíticos desde

los que se formula. En la medida en que el método empleado incurre en

aquello mismo que denuncia, la crítica queda atrapada en una paradoja

performativa.


Este texto propone, por ello, un desplazamiento del gesto crítico habitual.

Haciendo uso de las propias herramientas de la teoría de la performance, se

ensaya una arqueología de sus condiciones de legitimidad, con el objetivo de

exponer tanto sus límites internos como aquello que su marco conceptual deja

necesariamente fuera. Se trata, en este sentido, de un ejercicio de crítica

estrictamente inmanente.


En nuestra lectura encontramos que el campo semántico desde el que se juzga

la práctica escénica, basado en una fiscalidad intensa, está fuertemente

codificado, y solo aquellas experiencias que pueden traducirse a su tecnología

dialéctica adquieren legitimidad crítica. Lo que no se deja decir, en los

términos que ponen en juego, es descartado como ingenuo, fetichista,

políticamente inoperante o tildado de melancólico.

Veamos entonces: la crítica al disciplinamiento corporal incurre

paradójicamente en una forma de razón instrumental, en la medida en que la

experiencia solo adquiere valor cuando puede ser gestionada

conceptualmente.


Conviene precisar que no se trata aquí de negar el método, el rigor o la

disciplina en cuanto tales, sino de señalar un tipo específico de

disciplinamiento: aquel que, al erigirse en condición exclusiva de

inteligibilidad y legitimidad, clausura otras formas de saber encarnado.

La dialéctica crítica que desconfía de la danza y de la presencia corporal de

alta intensidad energética opera desde una profunda estandarización

discursiva: voz impersonal, léxico homologado, formas argumentativas

intercambiables. Esta impersonalidad no es un accidente estilístico, sino una

tecnología de legitimación institucional: el discurso de la academia se

construye sobre ella. Incluso este mismo estilo que ahora reproduzco

funciona como instrumento de autoridad, porque elimina toda huella de

experiencia y privilegia la forma sobre la fuerza de lo vivido.


Estilo postmoderno, estilo de legitimación: un lenguaje que garantiza

reconocimiento crítico a costa de invisibilizar aquello que no puede traducirse

a su código.¿No será que la crítica al disciplinamiento del cuerpo se formula desde un

régimen discursivo que disciplina el decir? Cuando ese régimen se erige en

condición exclusiva de inteligibilidad y circulación crítica, deja de ser un

medio reflexivo y se convierte en una norma que produce exclusión.


No está de más advertir que la crítica que sigue no se dirige a términos

aislados, sino al campo semántico que estos conforman. Conceptos como

coreopolíticacoreopoliciamiento o la revalorización de la quietud no operan

de manera independiente, sino como una constelación conceptual coherente

que delimita de antemano qué formas de experiencia corporal pueden acceder

a inteligibilidad crítica. Lo que está en juego, por tanto, no es el uso puntual

de un vocabulario, sino el tipo de racionalidad que dicho vocabulario instaura

como condición de acceso al sentido.


En este sentido, la teoría de la performance no opera ya únicamente como

herramienta analítica, sino como una forma de racionalización que recuerda a

la “jaula de hierro” descrita por Weber: un dispositivo nacido para esclarecer

la experiencia que acaba por organizarla, delimitarla y, finalmente,

contenerla. La crítica no prohíbe, pero clasifica; no silencia, pero establece

umbrales de legitimidad desde los cuales la experiencia resulta reconocible.


En buena parte de la teoría de la performance, este gesto adopta la forma de

una ‘suspensión’ de la acción o de la intensidad corporal, que puede

entenderse dentro de la categoría cinética desarrollada por André Lepecki. La

suspensión interrumpe o tensiona la dinámica del movimiento dominante,

revelando modos alternativos de presencia y resistencia crítica.


El recurso a la “suspensión” no es inocente. El término arrastra una doble

genealogía: barroca, donde nombra una intensificación afectiva sin

resolución, y fenomenológica, donde designa un gesto metodológico de

neutralización. En su uso contemporáneo, ambas tradiciones tienden a

confundirse, produciendo un concepto que parece abrir la experiencia

mientras establece, de forma silenciosa, las condiciones bajo las cuales esta

resulta legible y legítima. La suspensión opera así como un operador de

acceso: no elimina la experiencia, pero la obliga a atravesar una forma

determinada de inteligibilidad.


II. Genealogía de un desplazamiento: del rito a la fiscalía discursiva


Podemos trazar una genealogía de esta paradoja observando cómo distintos

regímenes culturales han articulado la relación entre acción, cuerpo y

lenguaje. No se trata de una reconstrucción histórica exhaustiva, sino de un

esquema que permite visualizar desplazamientos estructurales.En el paganismo (griego y romano), el gesto ritual y la performance corporal,

desde los Misterios eleusinos a los ritos dionisíacos, poseían una eficacia

performativa inmediata.                                                                                                                        


El cuerpo en acción no era principalmente vehículo de un discurso teológico,                        sino un lugar de encuentro con lo divino y comunitario.                                                          La palabra (la plegaria, el mito) acompañaba y contextualizaba,

pero no mediaba exhaustivamente la eficacia del acto ritual. Cuerpo y acción

tenían un valor ontológico propio.


El catolicismo medieval transforma esta relación introduciendo una

ambivalencia constitutiva: por un lado, somete el cuerpo a normas,

penitencias y un control ascético (disciplina); por otro, conserva y ritualiza

esa potencia performativa en los sacramentos, la transubstanciación en la

Eucaristía sería el ejemplo máximo, donde el gesto ritual aún pretende

producir un efecto real “ex opere operato”. La disciplina y la presencia

coexisten en tensión.

El calvinismo radicaliza un vector ya presente en cierta teología: desplaza la

sospecha sobre el gesto y el rito, subordinando la verdad a la interioridad

moral y al control del signo. La disciplina no desaparece; se internaliza y se

refina. Lo que antes se legitimaba por la eficacia simbólica de la presencia,

ahora debe atravesar el filtro de la evaluación conceptual y la prueba de la

conducta.


Desde esta perspectiva, podemos leer la teoría de la performance no solo

como crítica del cuerpo y del movimiento, sino como síntoma de este

desplazamiento culminante: la primacía absoluta del discurso sobre la acción

y la experiencia, que se consolida a través de tecnologías de legitimación

lingüística. La danza, el rito, el gesto o cualquier práctica encarnada se

vuelven periféricos cuando no pueden ser traducidos a este régimen; el

cuerpo deja de ser un agente y se convierte en material de interpretación,

mientras que el discurso se convierte en el único acto pleno de autoridad.


Así, en no pocas prácticas actuales, la obra ha dejado de ser un

acontecimiento para convertirse en un epígrafe: la materialización de un

enunciado teórico que le otorga sentido desde antes de su existencia material.

El discurso ya no es el huésped de la obra; es su arquitecto, su comitente y su

custodio. La experiencia queda subordinada a la verificación de una premisa.


III. El régimen de verdad: exclusión, capital simbólico y humillación


A este desplazamiento se suma el uso de un capital simbólico específico: una

dialéctica excluyente que se presenta como portadora de verdad solo en la

medida en que se articula en un idiolecto académico determinado.

La legitimidad crítica no depende entonces de la experiencia ni de la acción,sino de la competencia en un régimen lingüístico especializado, alejado de los

cuerpos que danzan.


Este lenguaje no describe simplemente la práctica: la selecciona, la filtra y la

jerarquiza. Solo aquello que puede ser traducido a sus categorías accede al

estatuto de lo pensable y lo valioso; lo demás queda fuera, no por carecer de

potencia, sino por no ajustarse a las condiciones de enunciación requeridas.

La dialéctica crítica funciona así como una economía simbólica cerrada, que

distribuye reconocimiento y verdad en función de la adecuación al código, no

de la intensidad de la experiencia.


Desde este punto de vista, la distancia entre el discurso y los danzantes no es

accidental, sino estructural. El cuerpo que actúa, que improvisa, que inventa

modos de estar y de moverse, queda excluido no por su supuesta ingenuidad,

sino porque su saber no es convertible en capital académico. La verdad se

desplaza entonces del acontecimiento a su traducción autorizada, y el

discurso se erige como mediador necesario de toda legitimidad.


La teoría de la performance no se impone, por tanto, porque describa mejor la

danza o la acción, sino porque ocupa una posición dominante en el campo que

decide qué cuenta como descripción válida. Su predominio se sostiene en lo

que Foucault analizó como un “régimen de verdad”: un conjunto de reglas que

determinan qué discursos son aceptables, quién puede hablar y cómo se

valida la experiencia.


Este régimen no opera únicamente mediante la exclusión formal, sino a través

de una técnica más eficaz y menos visible: la humillación. No en su forma

espectacular, sino como procedimiento estructural de gobierno de la

experiencia. La humillación actúa allí donde el sujeto es inducido a

reconocerse como insuficiente, ingenuo o políticamente inmaduro por no

ajustarse a las condiciones de inteligibilidad del discurso legítimo.


Es una violencia simbólica que produce consentimiento al convertir la

diferencia en déficit y el exceso en carencia. Así, el cuerpo que no habla el

lenguaje autorizado no es simplemente ignorado; es degradado

ontológicamente, reducido a material bruto, a experiencia que “todavía no

sabe decirse”.


IV. El cuerpo como a priori: el límite irreductible


Pero el cuerpo, en última instancia, va antes. Es, en términos kantianos, el “a

priori” sensible de toda ecuación posible: el sustrato vivo que precede y

excede cualquier formalización discursiva.


He aquí la paradoja última y fundante: el lenguaje que critica el

disciplinamiento del cuerpo debe, para existir, disciplinar el goce que brota de

ese mismo cuerpo que afirma “poner en valor”, nótese aquí, precisamente,                     el léxico capitalista de gestión que adopta su crítica.


Su régimen de verdad se funda en esta negación productiva.

En la brecha irreductible entre el goce vivido y el goce discursivizado, entre el

cuerpo como condición y el cuerpo como objeto, se juega el límite absoluto de

toda crítica y, quizás, la posibilidad de una ética que no traicione la vida que

pretende nombrar. La paradoja performativa se revela, así, como una

paradoja vital: una teoría nacida para pensar la acción termina desplazándola,

convirtiendo la crítica en el único acto autorizado.


Frente a ello, el cuerpo insiste: actúa antes, durante y después de toda

legitimación. Si hablamos, es precisamente porque hay vida; y esa vida, en su

precedencia muda, gozante o doliente, constituye un exceso irreductible que

toda crítica disciplinada no puede sino intentar capturar y, en ese mismo

gesto, traicionar.


V. Coda: La persistencia de lo irreductible


Esta resistencia no es meramente teórica. La experiencia no se agota en el

discurso, lo cual no implica postular un afuera puro; significa reconocer que

toda mediación deja restos, excesos y opacidades que no pueden ser

clausurados por el régimen que los interpreta.


Hay cuerpos, gestos y ritmos que se niegan a ser homologados y que resisten

la estandarización, ocurriendo fuera de toda legitimidad lingüística. Cuerpos

no normativos, cuya liminalidad es el espacio de su potencia. En las calles,

personas de todas las edades y condiciones inventan maneras de estar y de

moverse que, más tarde, son incorporadas a las instituciones en busca de esa

mezcla de canallesco y refinamiento que popularizó el barroco.


La danza sucede, sobre todo, antes de ser capturada por la crítica; el cuerpo

no necesita para actuar una legitimidad que lo autorice. En esa franja

irreductible reside la posibilidad de lo imprevisto, de lo que no puede ser ya

dicho ni controlado.


Los modos de operar de los técnicos del discurso funcionan un poco como las

Academias de la lengua: normativizan, ralentizan y controlan la expresión.

Pero son las personas en la calle las que hacen los idiomas, las que inventan

maneras de moverse, hablar y estar. La vida ocurre allí, en la periferia de los

manuales y las tesis, donde el gesto y la palabra escapan a la homologación.


La paradoja es clara: cuanto más sofisticada y disciplinada se vuelve la crítica,

más se revela lo que escapa. El cuerpo actúa, la danza sucede, y la experiencia

se afirma fuera de todo control. Así, la verdad no es propiedad del discurso,

sino efecto de lo que ocurre cuando algo se mueve más allá de lo ya dicho.En el límite entre la norma y lo que no se deja domesticar, aún puede suceder

algo real.


Allí, la vida y la acción desbordan los marcos de la crítica, demostrando que

ninguna teoría, por sistemática que sea, puede agotar lo que ocurre. La

verdadera melancolía no la padecen las épocas, sino aquellos teóricos que solo

han leído la suya sin entenderla: quienes, encerrados en sus sesgos y

amparados por un capital simbólico que los privilegia, desprecian las

experiencias que exceden sus categorías y los gestos que resisten sus códigos.


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