Arte, discurso, sociedad del espectáculo.

El discurso como coartada: arte político y simulacro de acción

Existe un riesgo estructural en el arte político de nuestros días: que el discurso no acompañe a la obra, sino que la sustituya. No como exceso retórico, sino como operación sistemática de reemplazo. En amplios sectores del arte actual, la obra ha dejado de presentarse como acto para convertirse en soporte ilustrativo de un discurso previo, elaborado con anterioridad y validado en otros espacios: el académico, el curatorial, el institucional.

La obra ya no se sostiene por sí misma. Su sentido no emerge de su potencia material, formal o experiencial, sino que le es inyectado desde fuera mediante un aparato dialéctico, conceptual y teórico que la inscribe en un régimen de legitimidad.                Lo que se exhibe no es una intervención en el mundo, sino la correcta alineación, y con frecuencia alienación, con el vocabulario autorizado de la academia y la galería. El lógos no comenta la obra: la consagra. Y en ese gesto, la acción artística queda neutralizada, normalizada por el vocabulario autorizado.

El problema no es la abundancia de discursos, sino su vocación de sustituir la obra por su explicación. Cuando el discurso de la “verdad” es reemplazado por el de su “construcción”, esa operación, repetida, reconocible, intercambiable, se autonomiza y se fetichiza. Ya no abre mundos ni produce fricción: administra signos.                  Funciona como código de pertenencia: no interpela, identifica; no desestabiliza, acredita. Allí donde el discurso no arriesga nada, se vuelve fetiche. Y allí donde el fetiche se instala, la obra deja de ser acto para convertirse en excusa, en signo de pertenencia. El decir ya no funda mundo: certifica adhesión.

Pocos textos ilustran mejor esta deriva que: La sociedad del espectáculo de Guy Debord. Un libro convertido en dogma crítico, citado hasta la extenuación y, paradójicamente, transformado en aquello mismo que denuncia. Si entendemos la “imagen” debordiana no como fenómeno visual, sino como forma hegemónica de mediación simbólica, el desplazamiento hacia el “discurso” no modifica el mecanismo: en ambos casos se trata de un aparato que sustituye la acción directa por su representación significante. El espectáculo no muestra: intermedia. El discurso crítico contemporáneo tampoco actúa: media.

El propio texto de Debord participa de esa lógica: una maquinaria conceptual de filigrana hegeliano-marxista que denuncia la fetichización de la imagen mientras produce otro fetiche, esta vez teórico. Hablar hoy de La sociedad del espectáculo no es, en la mayoría de los casos, criticar el espectáculo, sino reproducir su forma refinada. El gesto crítico se vuelve previsible, reconocible, intercambiable.                                                    La denuncia se convierte en estilo.

Cada época agota sus ejercicios. La nuestra, liminar como pocas, no produce otros: administra su agotamiento.                                                                                                          Algún filósofo del cansancio ha hecho de ese agotamiento un filón, cercano a un boom literario. No es casual que esta operación encaje perfectamente con la lógica del capitalismo cultural contemporáneo: creación de valor a partir de signos, discursos y posiciones morales codificadas como “naturales”.                                                                     Lo “natural” ya no nombra un orden del mundo, sino la coartada histórica que legitima un régimen de sentido.                                                                                                     Así, el círculo se cierra: el discurso produce la realidad que dice desenmascarar, y la crítica se integra como uno de sus engranajes más rentables.

Agotar, en su sentido etimológico, es consumir hasta la última gota. ¿No es ese consumo el que, precisamente, nos agota?

Este mecanismo no es nuevo. Conecta directamente con la sofística griega, donde el lenguaje fue comprendido sin ilusiones como instrumento de poder. También entonces el lógos no describía el mundo: lo producía. La diferencia es que los sofistas sabían que persuadir era ejercer poder. El arte político contemporáneo, en cambio, suele simular que ejerce crítica mientras se limita a gestionar signos de disidencia.

El resultado es un desplazamiento sistemático: el decir ocupa el lugar del hacer.          La acción es sustituida por la ceremonia del signo. Obra, discurso y legitimación se retroalimentan hasta formar un circuito cerrado, autorreferencial, inmune al fracaso. Nada está en juego. Nada puede perderse. Y por eso mismo, nada ocurre.

No se trata de deslegitimar el arte político, sino de someterlo a una prueba que rara vez acepta: la de su eficacia real. Porque cuando todo es discurso crítico, el discurso deja de criticar. Y cuando la crítica se vuelve condición de acceso al sistema, deja de ser amenaza para convertirse en su mercancía más sofisticada.

Este circuito opera, además, sobre una base material obscena. Mientras el discurso radical se multiplica en catálogos, bienales y seminarios, el sistema económico que lo sostiene se escinde sin pudor: de un lado, una élite artística convertida en activo financiero; del otro, una masa de productores precarizados cuya pobreza es estetizada como autenticidad o resistencia. El discurso crítico no combate esta estructura: la decora.

La tentativa de desestabilización acaba operando como estabilización: la acción discursiva se ha vuelto un formalismo de alta sofisticación, una filigrana tardo-manierista cuya complejidad ya no amenaza al sistema, sino que lo embellece produciendo aburrimiento administrado bajo la etiqueta de lo “interesante”.

La fetichización del lógos no es un malentendido teórico. Es el síntoma visible de una infraestructura que ha aprendido a absorber la disidencia como valor añadido. La crítica no se opone al sistema: lo lubrica. Y en ese proceso, el arte político corre el riesgo de acabar como aquel cuadro de Dalí: Joven virgen sodomizada por un cuerno de su propia castidad. Convencido de su pureza, consumido por ella.

En esta deriva, los estudios de cualquier arte, incluidos los musicales, deberían pasar, sin pérdida sustantiva, por un grado de literatura comparada. No porque la música, la imagen o el cuerpo se hayan vuelto literatura, sino porque el régimen dominante de legitimación ya no opera en el plano de la experiencia sensible, sino en el de la articulación discursiva. Lo que hoy se evalúa, se acredita y se consagra no es la eficacia material de una obra, sino su capacidad de inscribirse en un entramado narrativo, teórico e intertextual reconocible. El arte se juzga por lo que “dice”, no por lo que hace; por cómo se cuenta, no por lo que irrumpe. El desplazamiento es total: de la práctica a la glosa, del acontecimiento al comentario, de la acción a su literatura auxiliar.




                                                                                          Il favore degli dei. Gianantonio Lorenzin

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