Después del olvido

Ensayo para acallar lo indecible


Pensar la danza, el cuerpo en su impulso, salto, giro, desplazamiento, suspensión, quiebro...; en su peso que cae y se levanta; en su relación de tensiones y fuerzas transfiguradoras, no es fácil.                                                         La tentación de justificarla o de buscarle una historia para intentar entenderla aparece enseguida. Y eso solo puede decirse después del acto, a toro pasado, cuando ya solo queda el recuerdo y su posibilidad de ordenación discursiva.

Dejemos a un lado, de momento, los beneficios fisiológicos o psicológicos, individuales o sociales. Ese sería otro capítulo.

La danza opera. Pero no preguntemos para qué. Si lo hacemos, el gesto ya pasó y nosotros seguimos aquí, anclados a una pregunta que no danza.


La danza no exige explicaciones. Exige, quizá, soltar la necesidad de un libreto literario, esa suerte de manual para organizar la mirada que quisiera decirnos cómo leer los gestos, qué significado oculto descifrar, cómo traducir en palabras un movimiento que existe antes del sentido. Es una latencia de razón suficiente que no agota su sentido en un relato.

Ese modo de operar razonando el devenir, haciéndolo predecible, es, tal vez, un resto del sentido utilitario que ha imprimido en nuestra manera de estar en el mundo un modo espurio, bastardo, inadecuado. Es un modo apto solo para sostener un orden teleológico, teológico y práctico, sin misterio.

La danza que tiene libreto es representación, no danza. El libreto es su memoria prostética: indica qué hacer para que el gesto signifique algo predecible. La danza con libreto es archivo. Es museo.

Nuestra sociedad registra, documenta, fija, neutraliza. Mata lo vivo al convertirlo en documento. Lo clasifica, lo inmoviliza, lo somete a disección. Lo saca de la circulación.

La danza sin libreto no olvida. Es amnesia activa.                 Cada movimiento ocurre porque el anterior se canceló sin dejar huella. El cuerpo recuerda la coreografía, pero reconstruye los gestos como si fueran el primero.

La danza es acontecimiento.                                                     Es ley dinámica.                                                                                Es metáfora y metonimia.                                                                Su máxima expresión es el estilo que la atraviesa, sostiene y apuntala su cohesión: el vórtice cósmico de noción sensible que la contiene, impulsa, desborda.

La danza es ese lugar donde la voluntad y la inercia convergen, y el impulso choca con la gravedad y juega con ella.  


Como en el lenguaje, hay gestos que no remiten a nada y que no significan en sentido semántico. Llevan nombre medieval: sincategoremáticos. Son preposiciones, conjunciones, disyunciones, cuantificadores, partículas mínimas que, por sí solas, parecen vacías. Sin embargo, permiten que la frase se articule, que el sentido respire, adquiera forma, amplitud, fluidez y precisión para su organización comunitaria: ante, bajo, cabe, con, contra. Términos que solo toman sentido cuando van con otros: todos, algunos, varios.

La danza opera también con partículas mínimas. Gestos que articulan sin significar. Las preposiciones no son meros conectores: llevan incrustadas formas de espacio y de tiempo, pequeñas topologías del sentido. No describen el mundo. Lo orientan, lo tensan, lo canalizan, lo abren.

Del mismo modo, la danza se sostiene en vectores elementales: aproximaciones, descensos, quiebros, resistencias, síncopas. Lo que hace la preposición en la frase, dar dirección, intensidad y relación, lo hace el gesto en el cuerpo. Instala una sintaxis anterior al discurso, una orientación que permite que el sentido acontezca sin estar todavía fijado.

¿A qué conduce esta sintaxis encarnada si no es a un discurso? Conduce al grito mudado en forma. Conduce al lamento que se resuelve en equilibrio. Conduce a la pregunta que, al no encontrar respuesta, estalla en un torbellino que es, en sí mismo, la única respuesta posible.

La danza es el modo en que el cuerpo articula antes que el significado. Es el lugar donde el movimiento es relación pura, potencia sin concepto. Es sintaxis encarnada previa al discurso, que abre la posibilidad de que el cuerpo experimente, sienta, comprenda, goce, sude, transmita, libere, transmute y proclame.

Y quizá también, en su exceso y en su reiteración sin finalidad, aparece algo que roza la adicción. No como dependencia, sino como la necesidad de volver a aquello que nos desborda sin poseerlo.

Algo semejante al goce erótico con la persona deseada, cuando el encuentro no busca cumplir una función ni resolver una carencia. Busca reiterar un impulso que nos vuelve a llamar y cuyo sentido, si lo tiene, se disuelve en la intensidad misma del gesto. Es la máxima comunión de lo uno y lo múltiple en el círculo mágico de amar amando.

La danza insiste así. No para producir significado, sino para suspenderlo. No para expresar algo, sino para abrir un espacio donde el cuerpo piensa antes del pensamiento, donde pensar y hacer son lo mismo.

Allí, el cuerpo se abre al instante infinito. 

Y es así porque la danza, como la música, el rito, el juego, o como el amor, participa de una forma del tiempo extraordinario. 






Comentarios

Ana ha dicho que…
La danza de la vida

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