Mandatos
El mandato invisible: cuando el arte contemporáneo se convirtió en confesionario político
En cualquier exposición actual, desde una instalación monumental hasta un blog modesto como este, pasando por un espectáculo de danza, o un concierto de música contemporánea, parece existir una exigencia no escrita: declarar principios. Antes de que el espectador contemple la obra, debe leer el manifiesto que la justifica. ¿Qué ideas sostienen lo expuesto al escrutinio público?
En los discursos artísticos de hoy, esos que buscan conectar con su época y con ese “hipócrita lector” al que Baudelaire llamaba hermano, se advierte un imperativo tácito: la obra debe reivindicar su dimensión política. No basta con ser arte: hay que ser arte militante.
Pero bajo esta exigencia late un moralismo estético, una cartografía tácita de lo permitido en nuestra experiencia de lo sensible. Para el espectador ajeno a los códigos del arte actual, todo esto suena a eco hueco, sobre todo cuando la pieza en sí se reduce a imágenes crípticas o tratamientos herméticos.
La crítica al capitalismo es casi obligatoria. Aparece en el texto de sala, en el subtexto conceptual, en el marco institucional. No criticar el sistema equivale a herejía estética. Y, sin embargo, el capitalismo, ese sistema devorador, no sólo absorbe sus críticas: las vende. Convierte la rebeldía en NFT y al artista en especulador de su propia protesta.
Así se produce un círculo vicioso: crítica como gesto vacío, política como eslogan, disidencia como mercancía. Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿La repetición de “lo político” lo ha convertido en lugar común?
¿Confundimos la disidencia real con una performance de conciencia lavada?
Si todo es político, como repiten los curadores, quizá nada lo sea.
La paradoja se instala.
Y entonces cabe pensar que: quizá el silencio y la espera, y no la consigna sean hoy la forma más radical del arte.

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