Mediaciones







Mediaciones


El lenguaje interviene constitutivamente en nuestra experiencia, pero lo hace de manera no transparente, no inocente y nunca completamente controlable. Surge del cuerpo, de sus apetitos, miedos, deseo de mantenerse, dolor, placer, de la necesidad de pertenecer y contarlo. Atravesado por la historia, un sistema de preferencias, afectos y valores que constituyen las propiedades del decir, desde los usos utilitarios más palmarios hasta la experiencia estética más refinada.


El lenguaje no es un mero vehículo que transporta información. La cuestión de la información es la más sencilla, obvia y engañosa. Ahí anidan los malentendidos inherentes al uso, resonando a través de siglos como un murmullo del que la metafísica y la teología se hacen eco. Y donde la dogmática instala su burocracia. Cuando el control intenta imponerse, el lenguaje se endurece y aparece una forma de violencia. Y cuando el discurso dogmático agota su capacidad de justificar, se produce un desplazamiento: lo que antes era razón expuesta pasa a ser gesto ejemplar, una verdad ya no explicada sino impuesta a cualquier precio, que exige adhesión y se impone como modelo. 

El lenguaje no se agota en esa deriva, como el agua se adapta a la pendiente. También participa, evoca, hace presente. Transporta afectos, dispone ánimos, contagia disposiciones, reactiva símbolos dormidos y convoca memorias que subyacen dispersas. A veces una palabra no explica: aproxima y hace como si. Es el vehículo ritual por excelencia: parece hacer desaparecer al cuerpo bajo la función simbólica, pero es precisamente el cuerpo quien sostiene toda posibilidad de presencia.

El lenguaje funciona como un campo de fuerzas. Inercias gramaticales, desplazamientos semánticos, operaciones retóricas: todas operan con cierta autonomía entrelazada, desplegando efectos ontológicos que emergen sin pedir permiso al pensamiento consciente.                                                                                               

La propia estructura gramatical del lenguaje nos proporciona una experiencia fragmentada de la realidad, solo ciertos relatos contienen sensación de que la totalidad es alcanzable.        

La realidad no es la totalidad de lo real, sino el recorte estabilizado que nuestras mediaciones lingüísticas, históricas y afectivas logran hacer habitable. Pero lo real excede continuamente esas estabilizaciones, obligando al lenguaje a desplazarse, recombinarse y reinventarse para adecuarse al tiempo de la vida.                                                                                                              

El problema no es si el lenguaje media o no el acceso a la realidad; el problema es cómo lo hace. Esta mediación atraviesa automatismos -gramaticales, sintácticos, semánticos- que condicionan la comprensión de los fenómenos y, en ocasiones, fija de antemano la manera en que se interpretan.                                                                                Las metáforas, constitutivas de todo discurso humano, no son peligrosas en sí mismas; lo problemático es su intensificación patética: cuando la razón se vuelve una imagen con "pathos" que arrastra un afecto, esa imagen no solo ilustra, sino que valora, orienta y prefigura la manera en que se leerá y se pensará. Así, la metáfora deja de ser un mero recurso heurístico para convertirse en un operador afectivo, capaz de inclinar el argumento sin someterse a examen. Produce metonimias, traslaciones por proximidad del juicio de hecho al juicio de valor, generando efectos mágicos donde no hay causa eficiente. La jerga obliga al estilo a recorrer sus arrabales como si fueran avenidas soleadas y limpias desde buena mañana.

Lo que lo limita lo revela: el conocimiento nunca es puramente lógico, porque la lógica no puede fundamentar su propio modo de hacer. La estructura del lenguaje no es cristalina, puede ser llama, puede ser bálsamo.                                                       Savonarola o Scherezade dan fe de ello.

Para investigar el lenguaje sería necesaria una herramienta que trascendiera el propio lenguaje; pero tal instrumento no existe. A no ser que vayamos a la música, al gesto, a la pintura  -aún debemos encontrar nuevos medios-. Lo que queda es un juego de juegos, campos, prácticas, estilos que se iluminan entre sí sin determinar jerarquías. Todo idioma deja fuera lo que otro idioma sabe. Lo que sigue trabaja dentro de ese límite, consciente del artificio que lo sostiene.


De la conjunción de idioma y voz aflora algo que no estaba del todo disponible antes. Pero ese proceso no es neutro, está atravesado por la historia de la lengua y la personal. Cada idioma proyecta a través de la voz de sus hablantes un aliento en busca de un sentido, que es también una conquista. 

Desde ahí es posible rastrear cómo las metáforas, las metonimias, los giros retóricos constituyen un orden tácito que decide antes de que decidamos. No se trata de examinar lo que se dice, sino cómo el decir transforma aquello que creemos estar describiendo. El lenguaje describe produciendo, produce describiendo. Nos moldea moldeando.


Vistos con cierta perspectiva, los problemas de criterio de verdad que elaboran los sistemas filosóficos están profundamente anclados en la teoría lingüística. La lógica, la justificación, la validez: toman su fundamento de cómo el lenguaje estructura lo que consideramos verdadero, posible o razonable. Los criterios de verdad que la filosofía elabora están hechos del mismo material que pretenden juzgar.                                          La lógica no fundamenta el lenguaje, el lenguaje fundamenta la lógica.                                                    


Las artes que combinan lenguajes simultáneos, operan como multimedias arcaicos. El rito, la tragedia, la ópera, el teatro, producen algo que ningún lenguaje solo puede producir: una ilusión de totalidad, una ilusión necesaria para que la experiencia entre por varios sentidos que se refuerzan, dicho de otro modo: que entre por todo el cuerpo. Quizás sea eso lo que funda la pertenencia, no la comunicación sino la experiencia compartida de que todo, por un momento, adquiere sentido.


Tal vez por eso la condición intima del lenguaje sea, y también… 

y también su capacidad de revelar, 

y también su fuerza afectiva, 

¿su apertura? y su suspensión, 

su yuxtaposición y su sustracción, 

su posibilidad de onda y de partícula. 


Tal vez el lenguaje sea la auténtica máquina de viajar en el tiempo a la que podemos acceder sin caer en conjeturas paradójicas que nos impidan ir y volver a través del tiempo.                                                                                                                

Una máquina que nos permite entrelazar sentidos, afectos, mundos, enunciando tiempos, la máquina perfecta de narrar fantasías, de conjeturar mundos posibles. 

Y, al mismo tiempo, reconocer los límites de nuestra mirada.                                                                             

Nuestra pequeña finitud situada.




Para Borges, que nos regaló aquel: las palabras postulan memorias compartidas.











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