Mediaciones
Mediaciones
El lenguaje interviene constitutivamente en nuestra experiencia, pero lo hace de manera no transparente, no inocente y nunca completamente controlable. Surge del cuerpo y de su voluntad de vida, atravesado por una historia, un sistema de preferencias, afectos y valores que enmarcan, delimitan y constituyen las propiedades del decir, desde los usos utilitarios más palmarios, hasta la experiencia estética más refinada.
No es un mero vehículo que transporta información. La cuestión de la información es la más sencilla, obvia y, al mismo tiempo, engañosa, porque simula una transparencia que no existe: allí reside la raíz de su ineficacia política. Ahí anidan los malentendidos inherentes al uso, resonando a través de siglos como un murmullo del que la metafísica y la teología se hacen eco. Y donde la dogmática encuentra su aplicación, inaugurando la genealogía de la violencia.
El lenguaje es, a mi modo de ver, un campo de fuerzas. Inercias gramaticales, desplazamientos semánticos, operaciones retóricas: todas operan con autonomía, desplegando efectos ontológicos que emergen sin pedir permiso al pensamiento consciente.
El problema no es si el lenguaje media o no el acceso a la realidad; el problema es cómo lo hace. Esta mediación atraviesa automatismos que condicionan la comprensión de los fenómenos y, en ocasiones, fija de antemano la manera en que se interpretan.
Las metáforas, constitutivas de todo discurso humano, no son peligrosas en sí mismas; lo problemático es su intensificación patética: cuando la razón se vuelve una imagen con pathos que arrastra un afecto, la imagen no solo ilustra, sino que valora, orienta y prefigura la manera en que se leerá y se pensará. Así, la metáfora deja de ser un mero recurso heurístico para convertirse en un operador afectivo, capaz de inclinar el argumento sin someterse a examen. Produce metonimias, traslaciones por proximidad del juicio de hecho al juicio de valor, generando efectos mágicos donde no hay causa eficiente.
Revela, más que limita, que el conocimiento nunca es puramente lógico: está siempre atravesado por operaciones figurativas y efectos ontológicos que emergen al margen del control consciente. La estructura del lenguaje no es cristalina, puede ser llama, puede ser bálsamo.
Para investigar el lenguaje sería necesaria una herramienta que trascendiera el propio lenguaje; pero tal instrumento no existe. Por ello, cualquier análisis debe abordarse desde un campo multidisciplinar que nos sobrepasa. Además, toda aproximación realizada desde un idioma deja fuera las posibilidades simbólicas de otros, imponiendo así una parcialidad manifiesta. Lo que sigue es trabajo dentro de ese límite, consciente del artificio que lo sostiene.
Ya que ciertos acercamientos a modos holísticos de comprensión pueden encontrarse en las propias gramáticas de los idiomas, en su manera particular de organizar la experiencia que el lenguaje metaboliza. Este organiza, estabiliza, hace comparecer lo que las impresiones nerviosas transmiten. Y desde ahí aflora algo que no estaba del todo disponible antes. Pero ese proceso no es neutro: está atravesado por un modo bioquímico particular, por la historia de la lengua y la personal. De esa conjunción emerge el lenguaje en el decir, a nodo de hálito que se proyecta.
Desde allí, es posible analizar cómo las operaciones del lenguaje, metáforas, metonimias, giros retóricos, constituyen un ordenamiento ontológico tácito, determinando y modulando la manera en que los fenómenos son comprendidos y vividos. No se trata solo de examinar lo que se dice, sino de rastrear cómo el decir produce efectos sobre la realidad conceptual y experiencial, cómo el decir transforma aquello que creemos que estamos describiendo.
Más aún, vistos con cierta perspectiva, los problemas de criterio de verdad que elaboran los sistemas filosóficos están profundamente anclados en la teoría lingüística. La lógica, la justificación, la validez: todo depende de cómo el lenguaje estructura lo que consideramos "verdadero", "posible" o "razonable".
En las artes que requieren múltiples lenguajes simultáneos, desde las formas arcaicas del rito y la tragedia hasta el teatro, la ópera y las artes que incorporan tecnología, el modo de obrar pide el complemento de la imagen, para producir construcciones que impliquen el máximo de sentidos para acceder al misterio de la totalidad, que es, en todo caso, una ilusión de los sentidos, pero necesaria en cuanto experiencia de pertenencia. Quizás este sea el factor central del componente social del lenguaje.
Tal vez por eso la condición ontológica del lenguaje sea, y también…
y también su capacidad de revelar,
y también su fuerza afectiva,
¿su apertura? y su suspensión,
su yuxtaposición y su sustracción,
su posibilidad de onda y de partícula.
Tal vez el lenguaje sea, como lo pensaron Zenón de Elea y los sofistas, la auténtica máquina de viajar en el tiempo a la que podemos aspirar sin caer en conjeturas paradójicas que nos impidan seguir viajando. Una máquina que nos permite entrelazar sentidos, afectos, mundos, enunciando tiempos, la máquina perfecta de narrar fantasías, de conjeturar mundos posibles. y, al mismo tiempo, reconocer los límites de nuestra mirada.
Nuestra pequeña finitud situada.
Para Borges, que nos regaló aquel: las palabras postulan memorias compartidas.

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