Elogio de la caballería
Pegaso, Janto, Bucéfalo, Strartegos, Babieca, Rocinante no hay guerrero o héroe famoso que su nombre y gesta no vaya asociada a un caballo, que haya formado con él la asociación mas íntima y fiel que haya soportado el que conociendo el temor no se arredra en el arrojo.
Incitator, Genitor, Lazlos sobre sus grupas han tenido asiento las posaderas más inquietas de generaciones de hombres de miras lejanas, de clarividentes o alocados, hombres de acción que impulsados por las ancas de sus nobles bestias han llegado lejos, muy lejos ensanchando mapas, creando gestas donde solo había límites mentales, temores, supersticiones, o fronteras imaginarias a transgredir.
Desconocen el orgullo solo atienden a su dueño y se deleitan en el pasto.
Dicen que algunos caballos tenían la facultad de enseñar, en el fondo de sus ojos, dónde su dueño iba a perder la vida, la fortuna o el amor, la esperanza...
En sus ojos han visto el abismo de su muerte hombres que han mirado al destino y a la muerte de frente, con arrojo, que han atravesado ríos donde se perdía la memoria y montañas tan altas que solo nombrarlas daba vértigo.
Su nombre otorga dignidad al que lo monta: ser caballero es una meta en sí, un destino, una vanagloria que atraviesa el tiempo, otorga honor y prestigio.
Ver la realidad a lomos de un caballo amplía el horizonte, amplitud de miras. Y eso se le pide al guía, al dirigente, al que se comporta como un caballero.
Ningún otro animal ha sido pintado, esculpido, modelado, filmado, tantas veces como el caballo, que simboliza la nobleza y la fuerza como ninguno, que es metáfora de velocidad y de altas miras, su mirada nos confunde por lo abismal que resulta su callada nobleza.
Soñar con caballos alados, con Pegasos, era símbolo de un éxito inmediato en el negocio, soñar con Hipógrifos era señal de conflicto violento.
Conocí una persona cuyo sueño recurrente era una yegua que lloraba desconsoladamente.
He oído decir que el jinete que muere a caballo, muere dos veces, por separarse de la vida, por separarse de su montura.
La marcha de un caballo es algo propio de la cultura del jinete, se le enseña al caballo desde potro a ir al paso, trotar o galopar dependiendo de las necesidades del jinete, eso es un proceso de aprendizaje, la doma; ahí es donde se manifiestan las habilidades del caballo y la pericia del domador, en ese diálogo se forja el carácter de la bestia, su proceso de domesticación será una metáfora aplicada a la conducta social de ambos.
Al paso, al trote, al galope, es un ritmo de conquista sea en el territorio material o en el espiritual.
Aguantar las riendas del caballo como se refrenan los deseos, manteniéndolos a la voluntad del jinete.
Un caballo desbocado es metáfora de alguien que ha perdido el control de sí, un peligro.
Los reyes antiguos, los faraones, los señores feudales o de la guerra, se hacían enterrar con sus caballos, iban a la otra vida en sus monturas.
Los jinetes de las praderas americanas soltaban a sus caballos para que volvieran a la libertad, como el espíritu del que iba a morir.
El silencio del caballo es un enigma que el jinete debe resolver en una sutil ecuación de suavidad y firmeza, dos características de la doma sí, y del trato entre las personas.
Un solo relincho a media noche provocaba la alerta de todo un campamento, se sabe que los caballos duermen de pie, pero se desconoce sus sueños, aunque dicen que los buenos jinetes debían dormir alguna vez con su caballo, para sintonizar sus sueños con su bestia.
Quizás porque durante toda mi vida he soñado recurrentemente con caballos, me siento completamente a gusto cerca de ellos. Al principio no sabía porque los iba a fotografiar, poco a poco sentía que cumplía con un viejo anhelo, o el mandato de una razón que no llegaba a comprender del todo. Pero sé que estar con ellos, hablarles, acariciarles, me proporcionaba una extraña energía y un sosiego inédito.



















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