26 de abril de 2012

Las personas del rostro

Conócete a ti mismo. 
Esta era la exigencia imperativa de los dioses.
Por ello, entre los hombres libres de aquellas épocas, estaba la obligación de peregrinar, al menos una vez en la vida, al oráculo para realizar la pregunta inexorable: ¿quién soy yo? Antes de todo, una premisa en forma de paradoja le era formulada al que hacía la pregunta sobre sí mismo, la pregunta debía ser realizada en silencio, puesto que solo en silencio podía uno escucharse. 
El trato con el augur se realizaba en el ámbito del misterio, los iniciados  ingerían sustancias que les trasladaban, en un deambular mágico, por lugares de la experiencia en otros órdenes de lo real. El itinerario venía marcado por los cantos rituales que un guía entonaba, propiciando el transito entre mundos habitados por ánimas deambulantes, en parajes perdidos entre la vida y la muerte, en un orden confuso tejido entre lo real y lo quimérico. En ese ámbito la experiencia misma era la respuesta, ésta podía transitar entre el sosiego o el espanto, según la animosidad del peregrino al enfrentarse a sus fantasmas, a sus miedos más íntimos, puesto que en el trance afloraba una conciencia de sí desconocida hasta entonces; el entramado de vidas pasadas podía revelarse en forma de reminiscencia o premonición, en un éxtasis gozoso o en la percepción del horror de un rapto sumido en turbulencias.
De esa experiencia se salía transformado, con nuevos conocimientos de sí y con la sensación de encontrar un sentido en el caos de las realidades ilusorias.
Ahora bien, también podía ocurrir que: si el daimón no era favorable, la confusión, la disolución del rostro, la desintegración de la persona como paso previo a la locura le acontecía al que buscaba la revelación, al ser objeto del desdén de los dioses.












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